Reflujos y más reflujos incordiaban al cándido Boquitalimón en su apacible centro de operaciones: la cama. Desde allí, el nene encauzaba las tribulaciones propias hacia los derroteros enjundiocósmicos habituales. Acto seguido, y sin soltar el abanico, el bien apodado Boquitalimón trepó por el gotelé hasta la cumbre septentrional de sus nueve metros cuadrados de hacienda […]
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