Las cuentas no cuadraban para quienes observaban a Freimann. Sus posesiones no valían más que un paraje liego y él bien que se comportaba como si fuera un «don Caudales». Su hogar, poco más de cuatro paredes y un techo; su vestuario, una nimia colección de ocres de pana y sus pies, siempre fríos. Pero […]
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