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Recuerdos enlatados

Tenía tanta hambre que corrió los últimos metros hasta casa. Entró como una exhalación por la puerta, tiró el abrigo al sofá y antes de que se posara ya estaba frente a la despensa. Sin pensarlo, echó mano a una lata de albóndigas, la abrió salvajemente y se la encauzó a la boca. Sin masticar, engulló las bolas de carne mientras la guarnición le caía por media cara, el cuello de la camisa, la chaqueta…

Escalofrío.

Gutiérrez entreabrió los ojos y musitó para sí:

– Mierda, otra vez. Y seguro que no queda nada para -¡BIIIIIIIIIIIIIIP-BIIIIIIIIIIIP! -atronó el despertador- … despertarme.

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