Una tarde, mirando a la calle a través del ventanal de mi cafetería favorita, vi a un tipo caminando decididamente. En ese preciso instante, me propuse cambiar mi papel y ser yo el que a las siete menos catorce minutos de todos los días del resto de mi vida tuviera algo mejor que hacer que mirar a través del ventanal de una decadente cafetería esperando a que ocurriera algo.
Sin embargo, lo que ignoraba por completo en aquel momento fue que aquella decisión supondría el primer paso en el camino que me llevaría a redescubrirme en todos y cada uno de los pasos que sucedieron a aquél.
Satisfecho, Gutiérrez guardó su diario con la certeza de haber dado con su epitafio y se acostó con la determinación de comenzar a hacer a partir de la mañana siguiente todo lo necesario para dotar a aquellas palabras de hechos que dieran fe de lo que afirmaban tan rotundamente.