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Vigilia – vigiliae

En una siesta anhelada desde los tan lejanos exámenes de final de carrera, Gutiérrez no pudo consumar su ansiado deseo: dormir, sin ir más lejos. Tan palpable era su cansancio que su cuerpo se dedicó a bailar espasmódicamente sobre el lindísimo sofá de escai sin poder alcanzar la fase R.E.M. En esto que el zote Gutiérrez comenzaba a inquietarse, algo empujó su consciencia un poco hacia atrás dejándola en tierra de nadie, sin rumbo (y en el lodo, que sí, que sí) y con cierto aire a lo Bob Dylan (lo cito por su pelo de rolinestón, sobre todo y más que nada). Y hete aquí que se le apareció el bicho del dibujo, que no era otro que Suárez.

Suárez… bastardo compañero de oficina con quien Gutiérrez estaba condenado a compartir mesa; morchón rastrero y servil, mendigador de palmaditas en la espalda… Suárez… mala bomba le cayera en esa bocaza babosa de bobalicón borracho…

¡Uy! De repente despertóse Gutiérrez con un mosqueo considerable sólo por el tormento que le producía pensar en la explicación freudiana de su visión. Sin embargo, repensando en el Suárez aparecido, Gutiérrez se preguntó a sí mismo: «Pero bueno… ¡¿y de quién pollas será la cabeza?!«

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