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La hora mágica

Un estropajo utilizado en la limpieza de los váteres de un campamento de verano poseía, a todas luces, más esplendor, encanto y vigor que Gutiérrez aquella tarde de domingo. No había hipérbole posible que se aproximara a expresar su penoso estado. Bandadas de dípteros variados revoloteaban incesantemente alrededor de sus lastimosas axilas cual aglomeración sabática a las puertas de la Vogue. Entre ellos y el aura pestilente, Gutiérrez experimentó una suerte de levitación sobre el suelo en clara contraposición a las leyes físicas más elementales (Gutiérrez 1 – Newton 0) que aprovechó en no menos de tres ocasiones para ir de aquí para allá y luego volver a la hamaca.

En tal situación cabía esperar que Gutiérrez fuera incapaz de recordar cómo había llegado a tal punto de dejación infrahumana. No lo recordó, de hecho, y eso creo que será de agradecer por vuestra parte, queridos lectores. Debo aprender a terminar mejor las historias… o no. Esto cuenta como metarrelato por meterme donde no me llaman. Así que, concluyendo con el dicho popular narrador, dedícate a narrar y déjanos en paz ni pollas, me despido hasta nuevas entregas sin intromisiones por mi parte.

3 replies on “La hora mágica”

Gutiérrez no sabe que esos estados de autoenajenación corresponden al mal planteamiento de los días. Gutiérrez cómprese un calendario y mire todos los días que van pasando.

Le haré llegar el mensaje a Gutiérrez, gracias. Y, sin que suene a reproche y aunque nadie lo crea, Gutiérrez (personaje ficticio «onde los haiga») no es alter ego mío ni de nadie a pesar de que a veces le ponga en situaciones que, cósmicamente, se parezcan o coincidan con las vivencias propias. Dicho esto, reitero mis gracias por su apunte, señor Prescindible 134.

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